En las termas del antiguo Imperio Romano, la rutina de cuidado personal de un legionario o un atleta poco se parecía a nuestros modernos rituales de ducha con jabón y geles. Lo que hoy llamaríamos higiene o cosmética era un proceso profundamente enraizado en la cultura mediterránea, donde el aceite de oliva, el «oro líquido» de los romanos, desempeñaba un papel central.

El protagonista de este curioso ritual era un sencillo instrumento metálico con forma curva conocido como estrígilo (del latín strigilis), un pequeño raspador que permitía retirar de la piel el aceite mezclado con sudor, polvo y suciedad tras el ejercicio o el baño en los balnearios públicos.

Antes de la llegada y popularización del jabón en Occidente, los romanos aplicaban aceite de oliva sobre la piel como parte de su proceso de limpieza. Esta grasa vegetal funcionaba tanto como humectante natural como vehículo para desprender impurezas de la epidermis después del ejercicio en el palaestra o la actividad física más intensa. Luego, con el estrígilo se raspaba cuidadosamente la superficie del cuerpo hasta que quedaba limpia.

El uso del aceite de oliva iba mucho más allá de la alimentación. Era un producto esencial en la vida cotidiana romana: ingrediente básico en la cosmética y perfumería, base para ungüentos, hidratantes y mezclas medicinales, y también elemento presente en rituales sociales y depurativos de las termas. Su uso estaba tan extendido que, según los testimonios de la época, las raspaduras de aceite retiradas del cuerpo se comercializaban después como remedios terapéuticos.

Este vínculo entre el aceite y el estrígilo no solo respondía a una cuestión higiénica o estética. En un mundo en el que la apariencia, el vigor físico y la salud eran cualidades valoradas tanto en civiles como en militares, estos rituales están íntimamente conectados con la idea de disciplina y cuidado corporal que permeaba la cultura latina.

Pero la relevancia del aceite de oliva en Roma no se quedaba en la belleza o el aseo. Las fuentes históricas también subrayan sus usos prácticos en contextos militares y estratégicos. Muy apreciado como combustible para lámparas, como ingrediente para cremas protectoras o como alimento de alta energía, el aceite llegó a ser un recurso tan valioso que incluso su logística y suministro influían en campañas y abastecimientos del ejército.

Algunos relatos señalan, por ejemplo, que legionarios lo empleaban para proteger su piel frente al frío o los rigores del clima en determinadas campañas, y que la entrega regular de aceite formaba parte de las raciones de la milicia.

Hoy, a más de dos milenios de esas prácticas, sigue siendo fascinante observar cómo hábitos que podrían parecer anecdóticos o anecdóticos —una herramienta como el estrígilo o el uso cosmético del aceite— en realidad están entrelazados con la historia cultural y material de una civilización entera. Lo que fue una solución práctica para la higiene del cuerpo en los baños públicos terminó simbolizando aspectos de salud, estatus social y hasta estrategia en tiempos de conflicto.