En un acto cargado de valor simbólico y profundo significado para la cultura mediterránea y la historia oleícola, el Papa León XIV participó esta semana en la plantación del “olivo de la paz” junto a líderes cristianos, musulmanes y judíos en la Plaza de los Mártires, en el corazón de Beirut (Líbano). Este gesto ecuménico refuerza la dimensión ancestral del olivo no solo como cultivo, sino como símbolo universal de paz, resistencia y convivencia.
El olivo (Olea europaea) ha sido, desde hace miles de años, mucho más que un árbol agrícola. Su presencia marca el paisaje, la cultura y la economía de todo el Mediterráneo. En la antigüedad clásica, la rama de olivo se usaba para sellar pactos y treguas; en la Biblia, una paloma llevó una rama de olivo al arca de Noé, anunciando el fin del diluvio y el comienzo de un nuevo ciclo de vida.
Además, en Grecia antigua el olivo era consagrado a Atenea como símbolo de sabiduría y paz, y su aceite era base fundamental de alimento, luz y cura. En Roma, coronas de olivo premian la victoria pacífica y aparecen en numerosos monumentos como emblema de concordia.
No es casual que el olivo se perciba como un mensaje universal de reconciliación. Su longevidad, resistencia a condiciones adversas y capacidad de regeneración lo convierten en metáfora de la persistencia ante la adversidad: raíz de vida que se entrelaza con generaciones de agricultores, familias y civilizaciones.
En contextos contemporáneos, su cultivo sigue siendo vital para muchas comunidades. Por ejemplo, en territorios como Palestina, los olivares constituyen no solo una fuente de sustento económico sino también un símbolo de identidad y arraigo, a menudo golpeado por los conflictos.
La plantación del olivo de la paz por parte del Papa y líderes interreligiosos no solo es un gesto espiritual, sino una declaración de intenciones en una región marcada por décadas de fracturas políticas y sociales. En un momento geopolítico en que el Oriente Medio enfrenta tensiones recurrentes —incluyendo recientes escaladas como los ataques en Sidón y otras ciudades libanesas—, la figura del olivo renueva el mensaje de coexistencia más que de confrontación.
El Papa, en sus palabras durante la ceremonia, destacó que este árbol “no entiende de fronteras ni credos; solo de tiempo, cuidado y paz”, subrayando la necesidad de **cultivar la reconciliación del mismo modo que se cultiva un olivar: con paciencia, cuidado y compromiso permanente”.
En territorios mediterráneos, el cultivo del olivo aporta no solo identidad cultural, sino dinámica económica real: desde la producción tradicional hasta la oleoturismo y los mercados globales del aceite de oliva virgen extra. La cultura del olivo se entrelaza con festivales, celebraciones comunitarias y el conocimiento técnico de agricultores que han transmitido sus prácticas durante generaciones.
Este episodio, en el emblemático espacio de la Plaza de los Mártires, refuerza que la olivicultura no solo produce aceite de alta calidad, sino que también encarna valores culturales que pueden trascender divisiones y contribuir a proyectos de paz, sostenibilidad y desarrollo.
