La expansión global del olivar continúa rompiendo fronteras que hasta hace apenas unos años parecían imposibles. Canadá, tradicionalmente asociado a climas extremos y largos inviernos, ya produce aceite de oliva virgen extra en tres de sus más de 52.000 islas: Pender Island, Saturna Island y Salt Spring Island, situadas en la Columbia Británica, frente a la costa del Pacífico.
Aunque la inmensa mayoría del territorio canadiense presenta condiciones inviables para el cultivo del olivo, estas pequeñas islas disfrutan de un microclima mediterráneo excepcionalmente suave, con inviernos moderados, buena exposición solar y una influencia oceánica que amortigua las temperaturas extremas. Un entorno que ha permitido el desarrollo progresivo de olivares adaptados al norte del continente americano.
Los orígenes de esta singular aventura oleícola se remontan a 1993, cuando Banana Joe Clemente comenzó a introducir y reproducir olivos en las Southern Gulf Islands. A partir de semillas y plantaciones experimentales, Clemente impulsó uno de los primeros olivares de la zona en Salt Spring Island y contribuyó decisivamente a difundir el cultivo entre otros agricultores locales.
Posteriormente, en 2001, Andrew Butt desarrolló en Pender Island un proyecto más estructurado basado en variedades italianas como Frantoio y Leccino, procedentes de California. El manejo agronómico ha debido adaptarse a condiciones completamente diferentes a las mediterráneas tradicionales: uso de algas marinas como fertilizante natural, podas específicas para maximizar insolación y selección de ubicaciones con drenaje natural en ladera para reducir riesgos derivados de la elevada humedad.
El desarrollo del olivar canadiense dio un nuevo paso en 2009 con la creación de un vivero especializado en Saturna Island por parte de Michael Pierce, facilitando el suministro regional de plantas y consolidando un pequeño ecosistema productivo alrededor del cultivo del olivo.
Más allá de lo anecdótico, el fenómeno refleja una realidad cada vez más evidente: el olivar se está expandiendo hacia nuevas latitudes impulsado por la mejora genética, la adaptación varietal y el cambio climático. Lo que hace apenas dos décadas parecía una rareza experimental comienza a convertirse en un símbolo de la creciente globalización de la olivicultura.
En paralelo, este movimiento también pone de manifiesto el extraordinario valor estratégico del aceite de oliva en los mercados internacionales. Incluso en territorios alejados históricamente de la cultura mediterránea, el AOVE empieza a percibirse no solo como un producto agrícola, sino como un alimento asociado a salud, sostenibilidad, gastronomía y valor añadido.
Aunque las producciones canadienses siguen siendo testimoniales en comparación con los grandes países productores, el hecho de que Canadá ya produzca aceite de oliva virgen extra comercializable evidencia hasta qué punto el mapa mundial del olivar continúa transformándose. Un proceso en el que España, líder global del sector, deberá seguir manteniendo su ventaja competitiva mediante innovación, diferenciación y adaptación climática.



