Durante décadas, la ciencia buscó el punto exacto en el que los caminos evolutivos de los humanos modernos y los neandertales comenzaron a separarse. Hoy, nuevos hallazgos fósiles y genéticos sitúan ese momento hace aproximadamente entre 765.000 y 770.000 años, en pleno Pleistoceno Medio, abriendo una de las etapas más fascinantes —y desconocidas— de la evolución humana.

Los restos hallados recientemente en Marruecos, junto con investigaciones genéticas y paleoproteómicas desarrolladas en Europa y África, apuntan a la existencia de poblaciones humanas anteriores al Homo sapiens, emparentadas con especies como Homo heidelbergensis o incluso Homo antecessor, consideradas candidatas a formar parte del último ancestro común entre sapiens, neandertales y denisovanos.

Aquellos homínidos no eran seres primitivos en el sentido tradicional. La evidencia arqueológica muestra grupos altamente cooperativos, capaces de fabricar herramientas avanzadas achelenses, dominar parcialmente el fuego, construir refugios sencillos y organizar complejas estrategias de caza. Utilizaban lanzas de madera para abatir grandes herbívoros y explotaban recursos costeros y fluviales mucho antes de lo que se pensaba.

Sin embargo, uno de los aspectos más sorprendentes de las investigaciones recientes es su dieta.

Los análisis de desgaste dental, residuos orgánicos y restos vegetales revelan que estos grupos mantenían una alimentación enormemente diversa: carne de caza, pescado, moluscos, frutos secos, semillas, tubérculos, legumbres silvestres y frutos mediterráneos. Entre ellos, probablemente, aceitunas de acebuche —el olivo silvestre mediterráneo—, cuya presencia ya está confirmada en el paisaje hace cientos de miles de años mediante estudios paleobotánicos y análisis de polen fósil.

No existen evidencias de que aquellos humanos supieran producir aceite de oliva. La extracción mediante prensado y decantación no aparecería hasta el Neolítico, hace entre 6.000 y 8.000 años. Pero muchos investigadores consideran que sí existía una relación temprana con el ecosistema del olivo mediterráneo y con una alimentación rica en compuestos antioxidantes naturales.

De hecho, varios estudios sobre nutrición evolutiva sostienen que el metabolismo humano moderno se desarrolló precisamente adaptado a este patrón alimentario mediterráneo ancestral: grasas saludables procedentes de frutos secos y fauna salvaje, elevada ingesta de polifenoles vegetales y consumo regular de recursos marinos ricos en omega-3. Un modelo nutricional sorprendentemente cercano a lo que hoy conocemos como dieta mediterránea.

Los científicos creen que esta combinación de antioxidantes naturales, grasas de alta calidad y proteínas magras pudo desempeñar un papel decisivo en el desarrollo cerebral humano y en la protección frente a enfermedades inflamatorias y cardiovasculares que hoy se asocian al estilo de vida moderno.

Paradójicamente, casi un millón de años antes de que existieran las primeras almazaras, estos humanos podrían haber comenzado a “programar” biológicamente la extraordinaria relación entre el ser humano y el olivo mediterráneo.

La historia del aceite de oliva, quizás, comenzó mucho antes de la primera gota de aceite.