Estados Unidos es el mayor consumidor de aceites de oliva del mundo fuera del ámbito mediterráneo, y uno de los 3 primeros, de los 198, en todos los ámbitos.

En la actualidad ocupa el puesto 18 en superficie de olivares cultivados, en comparación con los demás países productores, que actualmente suman 67. Representa el 0,75% de la superficie mundial de olivares, con 20.000 hectáreas dedicadas a este cultivo.

Las principales plantaciones de olivos se ubican en la costa suroeste del país, principalmente en los valles de California, donde predomina el clima mediterráneo.

El 99% del aceite de oliva se produce en California, concretamente en los valles de San Joaquín y Sacramento, que son zonas de gran densidad y las más productivas. El 1% restante se produce en los estados de Texas, Georgia, Florida, Oregón, Arizona y Hawái, son 7 los estados que ya producen aceite de oliva en Estados Unidos.

El tipo de olivar estadounidense es predominantemente moderno: el 31,4% son olivares modernos de alta densidad y el 67,6% son olivares modernos en seto.

Las principales variedades cultivadas son mission, arbequina, arbosana y koroneiki.

El 75 % de la superficie del olivar se destina a la producción de aceite, mientras que el 25 % restante se utiliza para aceitunas de mesa.

¿PERO, QUIÉN CONTRIBUYÓ A SU DESARROLLO?

Thomas Jefferson (1743–1826) fue una de las personas más influyentes en la creación de los Estados Unidos, célebre por ser el autor principal de la Declaración de Independencia y el tercer presidente del país (entre 1801 y 1809).

Durante su mandato presidencial duplicó el tamaño del país al comprar el inmenso territorio de Luisiana a la Francia de Napoleón Bonaparte; más tarde, estuvo destacado como embajador de Estados Unidos en París. Científico Agrícola, consideraba que introducir una planta útil en un país era el servicio más grande que se podía hacer. Introdujo el arroz de secano europeo, coleccionó miles de semillas y luchó con cierto éxito, por aclimatar el olivo en suelo estadounidense.

En la primavera de 1787, realizó un viaje por el sur de Francia y el norte de Italia para estudiar la agricultura local. Al ver la fortaleza del olivo frente al clima de montaña, se convenció de que podría sobrevivir en el continente americano. Un producto de primera necesidad, adoptó el aceite de oliva como un elemento diario e indispensable. De regreso en América, importaba anualmente entre 4 y 5 galones (unos 15-20 litros) de aceite de oliva de alta calidad desde Francia para su consumo personal. Jefferson creía firmemente que «el mayor servicio que se puede prestar a un país es añadir una planta útil a su cultura». Con esa filosofía, inició una misión para introducir el olivar en Estados Unidos: En 1787, llegó a enviar desde Marsella cerca de 500 ejemplares de olivo de Aix-en-Provence, destinados a los agricultores de las zonas costeras de Carolina del Sur y Georgia.

Fracasó en Carolina del Sur, pero tuvo éxito en Georgia, aunque antes de Jefferson, los misioneros franciscanos españoles en el siglo XVII y los colonos británicos liderados por James Oglethorpe en 1733 ya habían plantado algunos olivos de forma aislada en la costa de Georgia (Isla de Saint Simons), quien contribuyó a su mayor desarrollo por la ambición fue Él.

Él atribuyó el fracaso en Carolina del Sur, a que los terratenientes sureños prefirieron seguir cultivando arroz y algodón en lugar de un cultivo mediterráneo.

Thomas Jefferson definió el olivo como “el regalo más rico del cielo” y “la planta más interesante de la existencia”.

 En Estados Unidos ya se consume más de 1 kg de aceite de  oliva por persona y año.